En sus oídos únicamente resonaba la música de sus cascos. Esos acordes de guitarra eléctrica que siempre la tranquilizaban, esos acordes que descargaban su furia, esos acordes que impedían que la voz de la ira se escuchara en sus oídos y que rebotara contra su cerebro. Sabía que si la escuchaba sería capaz de cualquier cosa.
Había vuelto de la peluquería hacía unos minutos. Se había vuelto a cortar el pelo, se había vuelto a dejar una cresta, se había vuelto a teñírselo de rojo, ese color rojo sangre que Marta siempre había odiado. Volvía a ser ella, volvía a ser la misma Azucena que todos conocían antes de haber conocido a Marta. Volvía a ser la Pantera Roja.
Ella le hizo cambiar. Llegó a su vida con una oleada de lirios. Entró en su vida acompañada de sus inciensos, de su armonía, de sus pinturas...
La verdad, nadie apostaba por ellas, sin embargo las dos supieron enfrentarse a los incrédulos, demostrándoles que una "hippie" y una "punk" podrían ser pareja y encajar. De todas formas, siempre había pequeños roces que con el tiempo acabaron por ser choques en toda regla.
Dicen que en las relaciones siempre hay alguien que camina y otro que lo sigue. Bien, pues en este caso Azucena era la seguidora de Marta y parecía mentira, pues Azucena siempre había sido una persona de personalidad fuerte, una persona nacida para ser líder. Otro ejemplo más de cómo una persona puede cambiar cuando está enamorada.
Marta con su independencia, no supo aceptar del todo la personalidad de su pareja. Azucena siempre la acompañaba a exposiciones de cuadros, a manifestaciones, a recaudaciones benéficas, a donde ella quisiera. Sin embargo, Marta nunca la acompañó a ningún concierto, a ningún bar...Aún así, la seguía queriendo. ¿Compensaba una sonrisa a horas de lágrimas? Parece ser que para ella sí.
Todos sabían que no iban a llegar muy lejos, los amigos de Azucena intentaban rescatar a su antigua amiga, a aquella que en teoría ya no existía. Y, en efecto, no se equivocaban.
La crisis llegó un día caluroso de verano. Mientras Marta dormía plácidamente, Azucena estaba preparando la comida. Llevaba una falda ancha de color beige y una camiseta rosa (con lo que ella había odiado el rosa...). Llamaron a la puerta. Azucena se acercó a la puerta lentamente y cuando abrió se encontró cara a cara con un hombre de intensos ojos verdes con un bebé en brazos, probablemente su hijo ya que tenía sus mismo ojos. Amablemente, le preguntó qué si le podía ayudar. El hombre tenía una extraña mueca de tensión y le explicó que se llamaba Pablo y que había venido a buscar a Marta. Sorprendida, Azucena le dijo que estaba durmiendo, al tiempo que le preguntó que de qué se conocían. Él le contestó:
- Ah. Tu debes ser su compañera de piso. Supongo que te habrá hablado de su hijo, ¿no?
- ¿Cómo?¿Su hijo? Marta no tiene ningún hijo, usted debe haberse equivocado de persona.
- No, no. Estoy seguro de que es aquí. Despiértela y lo verá demostrado.
- Insisto en que debe haberse equivocado. Marta es mi pareja, es lesbiana, es imposible que tenga un hijo.
Azucena irrumpió en el dormitorio furiosa, y cuál fue su sorpresa al descubrir que Marta no estaba allí. Debía haberse ido por la puerta que daba al jardín pues había cogido sus cosas.
Pablo la miró con cara decepcionada, cuando ésta regresó al pasillo.
- Ha vuelto a escaparse, ¿verdad?
Lentamente se dio la vuelta y abandonó la casa para no volver jamás. Azucena no se dio cuenta de que había dejado escapar a la única persona que podía contarle la verdad sobre Marta. Había estado en un estado de shock que no le permitió percibir la realidad en ese momento. En el fondo sabía que nunca más iba a ver a Marta, sabía que nunca iba a averiguar la verdad...Lo sabía.